Tarde de toros

Rondoni sobrevivió durante sus dos primeros meses en el colegio con heridas leves. Hasta que tuvo una cogida que lo llevo a la enfermería.

Los días de corrida alteraban a toda la escuela. A un lado y otro de la calle que lleva del colegio a la plazoleta, se sientan los alumnos a las cinco de la tarde a esperar que salga el toro. Unos juegan a las cartas, otros a los tacos, actividades para pasar el tiempo. Lo importante pasara en la plazoleta, en el cuadrado que hay entre el columpio, las anillas, el tobogán y la escalera redonda, allí se celebrara la corrida. El camino previo es como los Sanfermines, el toro sale de la escuela pensando que puede escaparse, vana esperanza, desde que se abre la puerta del colegio comienza a correr, cabeceando a un lado y a otro. A veces mientras corre atropella a alguien sin darse cuenta, si atropella a quien no debe puede llegar con algún golpe de más. Porque por mucho que corra, luche y se intente escapar siempre acaba en el mismo lugar… en la plazoleta frente al matador.

Rondoni era la cuarta vez que hacía el recorrido, un récord absoluto, con él ya no tenía gracia ver el camino del colegio a la plazoleta. El primer día que lo recorrió descubrió que era mejor no desviarse, un puñetazo en la boca le hizo entender que salirse del camino marcado puede costarte un diente.

El cartel de aquella tarde era atractivo, a diferencia que en los toros, aquí luchaba un toro contra tres toreros, a saber; primero el Rata, pequeño y feo como la peste, pero con una habilidad especial para entrar en la sala de profesores, gracias a ello era protegido por los que importan. Segundo el Mongolo, nadie le llamaba por su mote en la cara, ya que media casi un metro ochenta y pesaba más de cien kilos. El Mongolo era de los pocos que iban por libre y le daba igual pelearse con unos o con otros, quizá por esta razón no se peleaba. Por último, el Peque, la estrella de la corrida ya que era uno de los que importan.

La razón por la que Rondoni se tenía que enfrentar con los tres se había gestado en cinco minutos, no fue necesario más. Rondoni llegó por la mañana al colegio con un tebeo nuevo de Spiderman, siempre llevaba tebeos nuevos y siempre se los quitaban, hasta aquí sin novedad, pero aquella vez paso algo que hizo variar la rutina, Rondoni se resistió. No se sabe quién intentó quitarle el tebeo, ya que los acontecimientos posteriores taparon ese nimio suceso, lo único claro es que en su huida del ladrón de tebeos, paso corriendo por delante del lavabo mientras el Rata salía del mismo, como Rondoni iba mirando hacia atrás se llevó por delante al Rata con tan mala suerte que le golpeo con el hombro en su nariz haciéndole sangrar. Todos vieron que fue un accidente, pero eso no importa con gente como el Rata, él aprovechó la ocasión, le agarro del cuello, le quito el tebeo y lo utilizo para limpiarse la sangre que salía de su nariz. Posiblemente fue un problema de rebosar, como lo que te explican sobre la última gota que hace rebosar el vaso, pues eso… Rondoni rebosó.

Se lanzó encima del Rata haciéndole caer al suelo. Todo el mundo en el colegio sabía que el Rata era un cobarde y si no fuera por qué consigue todo lo que le piden, sería la última mierda del cole, pero al Rata le protegían y el Peque estaba allí. Rondoni estaba encima del Rata completamente fuera de sí cuando el Peque le agarró por la cintura para apartarlo. Fue fulminante, sin mirar hacia atrás lanzo un codazo que impacto en la frente del Peque tirándolo al suelo. Por suerte en ese momento llegaban los profesores, entre tres de ellos sujetaron al Peque, mientras Rondoni cometía su tercer error, fuera de sí y llorando le decía a la persona que le sujetaba para que no atacara al Peque -¡déjame, mongolo de mierda!-. Mala suerte, utilizó la expresión equivocada con la persona que no debía. A partir de aquí, la organización fue fácil. Durante el resto del día se fueron acercando mensajeros del rata y el Peque a decirle a Rondoni que le esperaban a las 5 en la plazoleta. El único que se acercó en persona a decírselo fue el Mongolo.

Los primeros en llegar fueron el Peque y sus amigos, entre ellos el Chino. El Peque y su séquito se sentaron en una de los bancos de la plazoleta que a pesar de la aglomeración de gente, estaba vacío. Mientras Chinorri, el Gambas y el Pecas se instalaban en el tobogán para ver el espectáculo, ellos sabían en un día así el Chino debía estar al lado de los que importan, él era uno de ellos. Luego llego el rata que se plantó en mitad de la plazoleta con aire de gladiador romano. El último en llegar fue el Mongolo, bamboleando su imponente cuerpo se fue a sentar en la escalera redonda, a pesar de no caberle el culo entre las barras de hierro. Ya estaban todos, solo faltaba el actor principal, el toro.

Rondoni llegó a las cinco y veinte, los profesores le habían castigado por la pelea del patio, curiosamente solo a él. Camino hasta la plazoleta con el tebeo manchado de sangre en la mano izquierda y la cartera colgada del hombro derecho. Al llegar, dejó la cartera y el tebeo a los pies del tobogán y se dirigió al centro del cuadrado resignado a su suerte. Lo normal en la plazoleta es que las peleas duren hasta que uno de los contrincantes sangre, pero si uno de los que importan es el que pelea no es tan sencillo, ya que son ellos los únicos que deciden cuándo se acaba.

El primero en ir a por Rondoni fue el Rata. Camino a su alrededor mientras le decía que le iba a matar, que su madre era una puta y todo ese tipo de fanfarronadas que suelen utilizar los cobardes. Rondoni no movió un dedo, en silencio aguanto los empujones del Rata hasta que uno de ellos lo derribo. Tirado en el suelo, el Rata se le sentó encima y comenzó a darle bofetadas en la cara. Así estuvo un minuto hasta que se oyó un grito –¡vale ya, Rata! -, el Rata se levantó, escupió a Rondoni en el pecho y se fue orgulloso a sentarse a la izquierda de los que importan. Rondoni se levantó del suelo sacudiéndose el polvo de la ropa, no tenía el más mínimo rasguño, Chinorri vio como el Peque sonreía desde el banco.

El Mongolo se levantó de la escalera circular y se acercó a Rondoni, una vez estuvieron frente a frente, Rondoni le dijo algo al Mongolo. Nadie lo oyó, aunque el Gambas mantuvo después que dijo “lo siento”. El Mongolo lo miró con aire bobino, dio media vuelta, recogió su cartera y se fue.

Inmediatamente el Peque gritó para que le oyera todo el mundo –¡así me gusta, todo para mí! -. Saltó del banco y fue corriendo a por Rondoni. No está claro si Rondoni se intentó defender o no, nadie lo podría decir. El Peque era un sádico, disfrutaba haciendo daño; patadas, puñetazos, cabezazos… utilizaba cualquier parte de su cuerpo para causar dolor. Cuándo Rondoni cayo al suelo, ya no se levantó. Su camisa blanca se fue tiñendo poco a poco de un color marrón oscuro, una perfecta mezcla de sangre y arena. Chinorri entre fascinado y asustado no podía dejar de mirar, a su lado el Gambas y el  Pecas gritaban poseídos por la excitación, pero Chinorri estaba paralizado, no podía moverse, pensaba que lo iba a matar.

De repente el Peque paró de golpear a Rondoni y salió corriendo, y con él el resto de gente que miraba la pelea. Alguien había avisado a los profesores de lo que estaba pasando. El Gambas dijo después que el único que se había ido antes era el Chino, pero nadie le creyó, era imposible que fuera él quien aviso, el Chino era de los que importan. Cuando todos se habían ido Chinorri continuaba paralizado sin poderse mover, no podía dejar de mirar el bulto en el que se había convertido Rondoni. Solo reacciono cuando una mano le cogió del brazo y rompió el encanto, era la señorita Elena que miraba asustada al cuerpo caído de Rondoni. Con Chinorri cogido del brazo se acercó a Rondoni, Chinorri miró de cerca la pasta hecha de sangre y arena que le cubría el rostro, parecía la mascara de un toro.

¿Qué ha pasado? – Pregunto la señorita Elena.

No lo sé señorita, yo me lo he encontrado así.

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