La carta

La despierta el sol. Lo primero que hace es asomarse a la ventana y mirar sus plantas, rutina matinal.

Después de ir al lavabo, desayuna lentamente, sin prisa, es sábado y no tiene nada que hacer. Estira el edredón en la cama, traslada la ropa sucia del cesto a la lavadora. Va a la terraza y riega las plantas, cada una tiene su tiempo de riego, su volumen de agua. Por último, se viste y sale a la calle.

Estamos a marzo, luce el sol. Decide pasear por el barrio. Las baldosas rectangulares del suelo marcan dos espacios diferenciados, uno claro, otro oscuro. Escoja el uno o el otro, puede seguir el camino serpenteante de manchas que han dejado los chicles enganchados durante años en el suelo. Todavía es temprano, hay poca gente por la calle, decide ir por el espacio claro.

Carrer d'Elisabets

Se detiene al llegar a la tienda de segunda mano. Está mirando las películas en DVD cuando ve algo en el suelo. Es una carta, tiene el remitente escrito a mano. Se extraña– pensaba que ya no se escribían cartas –. Coge la carta del suelo, casi como si fuera un objeto arcaico, fuera de tiempo, mira el remitente– Lucas Gato ¿Quién puede tener un nombre tan ridículo? –. Da la vuelta a la carta, en ese momento el tiempo se detiene.

Berta Beltrán

C/Pitarra, 3

08339 Vilassar de Dalt

La sorpresa muda su cara, es su prima Berta. Diez años sin verla. Diez años sin hablar con ella. Diez años de conflictos familiares. No puede reaccionar, no sabe qué hacer. Es automático, sin pensarlo saca el móvil y marca el número de su madre. Al momento oye su voz.

–¿Sí?

–Mama.

–Dime.

Tarda un segundo en contestar.

–¿Cómo estás?

–Bien ¿Hay algún problema?

–No ¿Por qué ha de haber algún problema?

–No sé ¿Cómo hace seis meses que no se nada de ti?

–He estado un poco ocupada, siento no haberte llamado mama.

–No te preocupes, ya sé cómo eres.

–¿Y cómo soy? ¿Me lo puedes explicar?

Poco a poco elevaba el tono de voz.

–¿Despreocupada? ¿Desapegada? ¿Desarraigada?…

Mientras oye el listado de adjetivos que invariablemente comienzan por “des”, nota como la irritación le sube por la garganta. Finalmente, la rabia explota.

–¡Vale ya mama! ¡Solo quería saber cómo estabas!

–¡Pues muy bien! ¿Alguna cosa más?

–¡No! Ya te llamaré cuando estés más calmada ¡Adiós mama!

Cuelga. Tira el móvil dentro del bolso. Le tiemblan las manos. Respira con rapidez intentando aguantar las lágrimas- Siempre igual, siempre igual, siempre igual –. Se siente agotada, enciende un cigarro. Al coger el mechero la vuelve a ver, la carta, esta arrugada. Sin pensar que hace la abre.

 

Querida Berta.

No sé cómo decirte esto en persona. Te necesito, pero he de acabar con esta situación. No soporto verte a tiempo parcial, aprovechando los huecos que tienes entre salir del trabajo y recoger a tus hijos. No soporto que tu cuerpo, que todavía recuerda haber sido mío, sea de otro. No lo soporto.

Soy consciente que me dejaste muy claro como seria lo nuestro, que futuro tendríamos, que no dejarías a tu marido y a tus hijos, que esta relación solo era una aventura para salir de la rutina. Y yo lo acepte. Pero las cosas cambian y cada vez vivo con más angustia los tiempos de espera entre cada encuentro en un hotel. No quiero ser solo el cuerpo que utilizas para tu placer, quiero ser algo más.

El destino dictara si esta carta la recoges tu o tu marido, ya no está en nuestras manos lo que pase. Espero que me entiendas. Espero tu respuesta pase lo que pase.

¡Siempre te querré!

Lucas

 

 

Recuerda la casa familiar. Los fines de semana jugando con los niños del pueblo. La alberca donde se bañaban en verano. La adoraba, Berta era quien dirigía sus juegos. Aunque tenía siete meses menos, transmitía una seguridad que hacía que todos confiaran en ella. Hasta su madre que no confiaba en nadie, la dejaba quedar hasta las tantas cuando estaba Berta, las fiestas mayores, las marionetas que tanto le gustaban, con Berta se libraba de la opresión. Con ella vivió el primer amor, el primer beso furtivo, el de Berta, no el suyo. Aunque ese beso fuera con Pedro al que ella quería en silencio, se quedaba vigilando para que nadie descubriera a Berta.

–¡No te muevas de aquí!

–¿Y si viene mi madre?

–¡Pues me avisas! Que pareces tonta.

–Pero me castigara Berta y no…

–¡Oye, si quieres vigilas y si no, no! Es sencillo. Yo igualmente voy a entrar, él me gusta.

–¡Berta! – dijo Pedro desde dentro – ¿Vienes?

–¡Voy! Voy a entrar – le respondió – ¿Vigilaras? Yo lo haría por ti.

–Está bien, pero no tardes.

De pronto desapareció. Después de morir el abuelo, dejaron de ir a la casa del pueblo. Su madre le explicó que iban a vender la casa, que era mejor así. La veía en algunas reuniones familiares, pero cuando la llamaba para quedar siempre estaba ocupada, tenía que estudiar o había quedado con sus amigas, amigas que nunca conoció.

También las reuniones familiares se dejaron de hacer. La casa nunca se vendió, pero paso a ser propiedad de la madre de Berta, en casa no se volvió a hablar del tema, ni de Berta ni de su madre. Con el tiempo supo que Berta fue a vivir a la casa familiar, se casó y tuvo hijos, aunque ella tampoco los conoció. Ella no estuvo en los momentos importantes de su vida, Berta tampoco en los de ella.

No sabe en que momento comenzó a odiarla, no hubo una razón concreta, quizás no hubo razón, quizás fue su propia vida la que la lleno de rencor absurdo y sin sentido. Berta era la única persona con la que se había sentido segura en toda su vida. Sus vidas siguieron caminos diferentes y estaba convencida que, a diferencia de Berta, ella había seguido el equivocado.

Quizás por eso después de leer la carta la llamo. Quizás creía que con la carta podía cambiar los caminos ¡La fabulosa Berta! Que haría cuando le enseñara la carta. Todo era posible, la palabra mágica, quizás.

Sintió la boca seca. Miro el reloj de la mesita de noche, eran las cuatro y cuarto. Se levantó y fue a buscar un vaso de agua. Mientras iba a la cocina pensó – Necesito dormir, mañana he de estar despejada.

 

Plaça de la Virreina

Lleva media hora dando vueltas por las calles que rodean la plaza, no quiere estar sentada en la terraza el bar cuando llegue, su caminar es inseguro, mirando por si ha de esquivarla. Finalmente se dirige a la plaza, Berta está ya sentada, cuando está a su lado le dice:

–Hola Berta, cuanto tiempo sin verte.

–Si, hace unos cuantos años.

Ella se sienta en la mesa. Berta está igual, los años no le afectan. A pesar del tiempo reconoce sus gestos, sus entonaciones de voz, sus expresiones.

–¿Por qué me has llamado?– Sigue igual de directa. Era una de sus características, nunca perdía el tiempo, a veces hería con su claridad.

–Quería saber cómo te iba.

–Bien, tengo trabajo, dos hijos, un marido, una casa… La vida me ha tratado bien ¿Y a ti?

–Bien.- El “bien” le sale falso, en contraste con la enumeración de Berta su “bien” muestra su inferioridad. Su trabajo no le gusta, a su hijo lo ve según marca el régimen de visitas, su marido es un recuerdo borroso y desagradable, su casa no parece un hogar. Y Berta está ahí delante, sonriendo mientras le pregunta como le va la vida.

–No me puedo quejar.

Se hace un silencio incómodo. Berta bebe de su copa de vino y observa al resto de personas del bar. Ella no sabe que hacer, nunca sabe qué hacer en estas situaciones. Berta se gira hacia ella y mirándola fijamente le dice.

–Algo pasa–le dice Berta,– que me llames para vernos después de tanto tiempo no es porque sí– ella la mira casi paralizada –si es por algo relacionado con la herencia, no es conmigo con quien tienes que hablarlo, yo no decido y creo que tú tampoco, o sea que mejor que no hagamos de intermediarias de nuestras madres.

Está oyendo sus palabras y sin embargo no las escucha, su pensamiento está dentro de su bolso con sus manos, agarrando la carta y luchando por sacarla. Quería gritarle– ¡Estúpida engreída! Que me importa la herencia y la estúpida casa ¿Quieres que acabe con tu vida? ¿con tu estupendo matrimonio? ¿Quieres ver a tus preciosos hijos cada dos semanas? ¿Quieres ser yo?

–No tiene que ver con la herencia ni con nuestras madres.

–Y entonces…

Y entonces cayo. La tiraron al suelo. Sentada en las baldosas ve la cara de estupefacción de Berta. Le recuerda la cara que ponía cuando en la plaza del pueblo veían juntas las marionetas, y salía el pastor, y detrás de él, el demonio, y le atizaba en la cabeza con el bastón, y Berta gritaba: –¡Malo! ¡Malo!

Pero ahora lo que grita Berta puesta en pie es: – Al ladrón! ¡Al ladrón!– Gritando a alguien que ya no está, al tipo que la había tirado al suelo al arrancarle el bolso, a alguien que doblaba la esquina corriendo con su bolso, y con la carta. Y la cara de Berta mezcla sorpresa y miedo.

Entonces se levanta del suelo, pone en pie la silla y sin decirle nada a Berta, se va. Y sonríe.

 

Gracias a Silvia por la idea y a Quel por la ayuda.

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