Dolores se llamaba Loli

–¿Te has enterado? Han matado a la Dolores.

–¡No jodas!

Reina del Raval

La respuesta del Gambas fue simple, directa.

–Ayer, en el bar, le dieron tres puñaladas.

–¿Ya lo sabe el Pecas?

–Supongo que sí.

–Se va a volver loco ¿Y quien ha sido?

–Dicen que la Loli.

Al oír el nombre de la Loli, Chinorri se quedó helado. La Loli era casi una hija para la Dolores, siempre estaba en su bar, sentada en una de las mesas del rincón, mirando los Lecturas y los Holas viejos abandonados en uno de los extremos de la barra, atenta a cualquier cosa que necesitara Dolores, ya fuese recoger una mesa, traer un barril de cerveza o ir a comprar pan.

El bar de la Dolores era una referencia en el barrio. En el se acogía a cualquier alma perdida, todas tenían su chato de vino o su plato de sopa. La mezcla de putas, camellos y trabajadores era perfecta, un oasis. Cuando venían los policías de la comisaria vecina nadie se alarmaba, porque allí los camellos no trapicheaban, las putas no iban con sus clientes y los currantes podían llevar sus bocadillos kilométricos sin problemas. La Dolores había sido puta y había pasado por la cárcel ¿Quién mejor que ella para entenderse con su clientela?

–¿Y la han trincado?

–Creo que no.

–Espero que la pille la pasma antes que el Pecas.

–Espero, por su bien…

La madre del Pecas era alcohólica y prostituta ocasional. Los dos vivían en una pensión al lado del Liceo, una habitación con un pequeño comedor que también hacían servir de cocina y donde dormía el Pecas. Las peleas del Pecas con su madre eran constantes, o porque estaba completamente borracha o porque subía con algún cliente a la habitación. Cuando alguna de las dos cosas pasaban, aunque generalmente eran las dos juntas, el Gambas se iba de casa y era Dolores, su tía, quien le daba refugio.

En esos días de acogida, el Pecas se quedaba a dormir en un colchón raído en el suelo del bar mientras la Loli dormía en al altillo del bar con la Dolores

–¿Pero la Dolores no estaba liada con la Loli?– le pregunto el Chinorri al Gambas.

–¿Y…? Vete a saber cómo funciona entre tortilleras. Además, desde que apareció la Lola había muy mal rollo entre ellas.

La Lola era una niña que había aterrizado en el barrio hacia medio año. Tenía como mucho 20 años, pelo rubio corto, unos ojos azules que hacían perder la cabeza a todos los viejos babosos que se cruzaban con ella por la calle de las Tapias y una afición incondicional por el jaco. Dicen que llego al barrio porque sus padres la echaron de su casa en San Andres de la Barca, cansados de que les trajera a lo peor del pueblo a casa y de comprar televisores nuevos cada vez que se los robaba el novio de turno. Lola estaba haciendo la calle cuando Dolores la vio, le pregunto que hacia allí, sola. Lola explicó que dormía en casa de un amigo a cambio de follar con él y que había pensado que si había de follar para vivir, mejor hacerlo por dinero. Dolores se la llevo a su bar, le dio de comer y la convenció que era muy peligroso estar sola en la calle, –tienes demasiada clase, eres muy guapa, puedes ganar más dinero sin peligro– contacto con un conocido para que pudiera trabajar en el Panams de la calle Escudelllers –allí el dinero es para ti y tiene más clase– y la acogió en su altillo –yo te cuidaré– . Pero el altillo era muy pequeño para tres, Lola entró, la Loli salio.

–¿Pero la Loli había vuelto a vivir en el bar, ¿no?

Loli no solo salio del altillo, también salio del bar. Siempre había sido un perro callejero, no se le conocían padres, ni familia, lo más parecido había sido Dolores. En los meses que Lola estuvo viviendo con Dolores, Loli se dedicó a trapichear con chocolate y a llevar los paquetes a los camellos del barrio. Dormía en una habitación de una pensión que todos sabían que pagaba Dolores y comía en cualquier bar del barrio, excepto el de Dolores.

Hasta que un día Lola se fue del altillo, dicen que cansada de los sermones que le daba Dolores para que dejara de pincharse, o quizás harta de las broncas que tenían cuando volvía después de una escapada con alguno de sus clientes. Cuando Lola marchó, Loli volvió. Todo parecía que volvía a ser igual.

¡Mira! Por ahí viene el Chino– Le anuncio el Gambas a Chinorri.

¿Cómo estáis? ¿Os habéis enterado?– Preguntó el Chino más serio de lo normal.

Sí pero no sabemos bien que ha pasado.

¿La ha matado la Loli? – Pregunto el Gambas con ansiedad.

Si– Respondió lacónicamente el Chino.

Pero ¿por qué?– Pregunto Chinorri.

¿Por qué?– Respondió el Chino mientras fulminaba con la mirada a Chinorri –¡Por qué es una hija de puta!

Los dos se callaron sin atreverse a decir nada mientras el Chino se encendía un porro.

La perra esa ha vivido en su casa, Dolores la cuido como su madre, le dio de comer, la trato como una hija, y mira como responde ¿porqué? ¿por un ataque de cuernos? La Lola había vuelto ¿y que? si en una semana la yonqui esa iba a volver a desaparecer detrás de la primera polla que le pagara un pico, además ¿qué derecho tenía? La Dolores se podía follar a quien quisiera ¡a quien quisiera! Y la Loli a callar, que es una mierda ¡una hija de puta!

Después de gritar como un loco el Chino les dio la espalda y se quedó callado mientras respiraba entrecortadamente. Poco después volvió a míralos con los ojos enrojecidos y con un tono de voz frió y tranquilo les dijo.

Pero ahora ya da igual, aunque todavía no lo sabe, la Loli ya esta muerta.

El Gambas en un susurro se atrevió a preguntar –¿Y la Lola?

El Chino respondió mientras marchaba –La Lola no importa.

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